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27 de julio.

I. He vuelto a ser una niña.
Me miro y sigo siendo la misma
pero con más arrugas y menos pelo
con las caderas más grandes
con el corazón más grande.

II. Anoche el sofá fue nuestro nido
y tus manos me recorrieron entera
y volví a sentirme infinita en
este mundo lleno de basura
y nada me pareció malo,
solo regular.
Tu boca besando mi cuerpo
y los créditos de la peli de fondo
porque no hay momento mejor
para besar y que te besen
que después de una película.

III. Como le explico a mi nuevo yo
que ya no tengo miedo de
mi antiguo yo
ni de los recuerdos, ni de las palabras
que el miedo ha desaparecido
desde que vivo en paz.

19 de julio.

Tengo dentro todo aquello que no me atreví a gritarte por miedo a romperte el corazón. Tengo toda esa rabia y ese rencor acumulado del paso de los años besándome cada uno de mis puntos fuertes, haciendo que mi cuerpo se tambalee una y otra vez. 
Me duele tanto el alma de pensarte que apenas la siento. Ya no siento mi cuerpo, ni las heridas que abriste una y otra vez cuando no aprendía lo que tú querías que aprendiese. 
Formé en mí una coraza para que nadie, incluido tú, se acercase demasiado a ver qué había en mi interior. Ahora esa coraza también duele, porque no he conseguido que se deshaga del todo. 
Pienso en todo aquello que debería haberte gritado y se me corrompe el alma al pensar que podría haberte dicho todo aquello, que podría haberte destrozado solo porque tú me destrozaste a mí primero. 
Y tengo miedo, de no poder olvidar todas esas palabras y de no saber curar todas estas heridas a pesar de que me lama a diario una y otra vez.

29 de junio.

I. El mar me rozó la piel. Esta piel áspera se convirtió en piel de escamas blanquecinas, de manchas blanquecinas más allá del moreno brillante. El cuerpo se convirtió en un alga más del Mediterráneo, la columna vertebral se desquebrajó y se convirtió en nudos. Todo nudos.

II. Llueve y truena. Los relámpagos me recuerdan a mis estrías cuando las tocas. Están, a veces asustan pero son normales y forman parte de la vida. Quiero pensar. Tenemos miedo, más que nunca. Todo es un torbellino emocional y la vida me asusta y me alegra mucho más que antes, a partes iguales.

III. Estoy aprendiendo a base del dolor de la vida. Callejeo por calles que antes solo eran de visita y que ahora se están convirtiendo en mi hogar. Empiezo de cero aunque todo cueste. Mi piel sigue siendo de escamas, pero esta vez son más finas, suaves y delicadas. Ya no siento que algo falla en mi interior, ahora siento que el árbol de la vida que tengo dentro crece, y que esa libertad que tanto ansié ya ha llegado.

21 de junio.


I. Dime pequeña, ¿en qué te estás convirtiendo? ¿qué fue de esa niña con dientes de leche que soñaba con surcar los mares? ¿con ser pirata? ¿ahora te asusta el mar? ¿te asusta la tempestad? Dime pequeña, ¿en quién te has convertido?

II. Las sábanas se arrugan y se me clavan en el cuerpo. Ahora tengo el cuerpo lleno de marcas, de líneas finas que separan mi cuerpo en continentes. Continentes vacíos y fríos, solos, moribundos. Cuando cae la noche me sumerjo en la oscuridad. Las noches están llenas de personajes ficticios que me recuerdan que mi vida no es mentira como la suya. Busco cualquier grieta para aislarme del mundo, busco una salida, un cartel luminoso, una pequeña luz.

III. La piel ahora es piel de escamas. Piel blanquecina y seca que me cubre, que te toca, que te abraza cuando las pesadillas vuelven. Ahora esta piel es otra piel, una piel que pincha y que duele, que se endurece con cada golpe, que se vuelve rojiza con los arañazos inevitables. Ahora la piel es solo piel, algo que recubre este cuerpo, este cúmulo de tejidos fríos. Ahora, solo es piel. 

20 de junio.

Escribo mientras las gotas que se escurren de mi pelo me mojan la espalda. Intento cerrar los ojos y dejarme llevar frente al teclado, dejar que mis dedos marquen teclas, una y otra vez, intentando plasmar lo que tengo en mi cabeza. Mi cama está deshecha, hace un calor inhumano en mi habitación y mi pelo está mojando la silla en la que estoy sentada. Sin embargo, nada importa.
El verano se está convirtiendo en días de duchas continuas para quitar el cloro de la piel. El pelo se está volviendo cada vez más seco y a cada minuto que pasa, siento que me sobra más la ropa.
Tengo la piel pegajosa, y echo de menos el sexo sin sudor, sin ganas de morir, sin mareos por culpa del calor. Echo de menos el frío, más que nunca. Y a mí, sobretodo a mí.

11 de junio

-Algún día tendrás tu casa- me digo - algún día la tendrás y no necesitarás llevar ropa y fingir la vida.

I. El cuerpo me pesa. El calor hace que mi cuerpo no funcione con normalidad, que todo se mueva lento, que camine lento, que bese lento. 

II. Culpo al tiempo de mi falta de ganas, de mi desilusión, de mi rabia por mi primera explotación laboral, de mis ganas de huir que cada día son más fuertes e incontrolables. Necesito emigrar, salir del nido, tener un rincón propio en el que escribir y llorar a partes iguales con música clásica de fondo.

III. He vuelto a escribir, algo que no dejaré que nadie lea porque no me inspira la suficiente confianza, porque no sé si expresa lo que quiero transmitir al mundo: el dolor, la ausencia, la dificultad de crecer.

IV. Echo de menos sus labios en mi cuerpo. Su cuerpo cura mi cuerpo, sus manos curan mi cuerpo, sus labios en mi vientre calman a mis ovarios, calman mi ansia de vida, mi ansia de devorar todo lo que tenga cerca.

V. Vuelven las noches de verano sin dormir. Los pies escalando por la pared, la lamparita encendida sin alumbrar nada, los libros empezados sobre la mesa, la ropa por el suelo, las sábanas sobre mi cuerpo.
Mayo empieza con las sábanas revueltas y los cuerpos cálidos. Pasamos los días pegados, descansando en la misma cama y mirándonos la luz reflejada en los párpados. El mes empieza con listas a medias para hacerla compra, un billete naranja en el suelo y la casa a solas. Las ventanas que dan a la calle se convierten en ventanas por las que entra la luz y nos pilla riendo a carcajadas, paseando por esas paredes que poco a poco hemos convertido en nuestras.
Abril se quedó amamantando los miedos, acunándolos para que jamás vuelvan a salir a la luz; y mientras tanto, nosotros recorremos pueblos medio vacíos que prometemos que serán nuestros y todo vuelve a tener sentido.

Los recuerdos bien quemados.

18 de abril de 2017.

He quemado todos mis diarios porque me niego a recordar lo que un día fue y ya no. Me niego a dejar que todo ese dolor oscuro y agrio se mantenga en mi retina una vez tras otra hasta que mi pecho ya no aguante más. Á. prendió las hojas que yo arrancaba y convertía en bolas. Bolas de papel, llenas de tinta y recuerdos, llenas de sentimientos, de alegría y de ganas de marchar que ahora son solo cenizas. La portada de mi diario azul del 2010 sigue todavía intacta, y me da rabia no haber visto como se quemaba y desaparecía poco a poco igual que lo hizo el resto.

A veces es importante el miedo, sentirlo, palparlo, para darte cuenta de todas las cosas que dejaste de hacer en su momento, todo lo que aguantaste y permitiste que pasara solo por no hacer daño a los demás. El dolor que tragas es el dolor que evitas que los demás sientan, aunque se lo merezcan. Y ahora todo duele el doble, muchísimo más que en 2010, muchísimo más que antes y de lo que dolerá después. Duele porque las verdades duelen, porque arrasar con todo duele, porque querer vivir duele.



09 de abril de 2017.

Ceno pasta de sobre y me masajeo las rodillas. El dolor se ha clavado en el cuerpo en forma de pinchazo que recorre cada una de mis vértebras. He guardado los malos recuerdos en una vieja caja de zapatos para no tenerlos a la vista y olvidarme de todo lo que una vez consiguió hacerme daño. Bajo al jardín y extraño las flores salvajes. En su lugar ahora hay lechugas, berenjenas y más vegetales plantados que esperamos que en un tiempo den sus frutos. Al lado de mi almohada descansan los mismos libros que hace dos semanas atrás. Nada ha cambiado.
Echo de menos el mar, el ruido de las olas y la arena pegada en los talones. Extraño el calor húmedo y el olor a sal de la costa. También extraño las caricias mudas y los besos que podrían hacer temblar hasta el otro lado del mundo.

Bienvenido Abril.

El mes de las flores llega con zumbidos en el cuerpo y con mareos antes de tiempo. Los días en los que el sol quema la cara se van y aparece el viento enredándonos el pelo y haciendo que nos abriguemos y apenas podamos movernos. "Parece el Polo Norte", dice alguien, y tiene razón. Visitamos a la experiencia, con sus manos arrugadas y viejas, con sus cabellos blancos de tanto vivir y con su mirada perdida. "Cuando las personas envejecen se vuelven a convertir en niños", escucho en una de las salas, y en parte es cierto. Y siento lástima y desahogo al mismo tiempo: es triste volver a la infancia cuando más cerca de la muerte estás. Intento escribir todos los días en mi diario, intento coger flores del campo y dibujarlas aunque solo salgan garabatos pero en mi cabeza solo salen cuentas y fórmulas financieras y entonces me doy cuenta de que los años de mi juventud, los años en los que más ganas de vivir y morir al mismo tiempo tengo, los estoy pasando aprendiendo algo de memoria que no sabré aplicar dos años después; entonces la vida vuelve a ser triste, aunque el jardín esté lleno de flores.

7 de marzo.

Quiero quedarme aquí, en esta habitación de paredes azules en la que la ventana da a un muro color crema. Quiero quedarme aquí y bajar la persiana y no escuchar nada. Solo silencio. Quiero deshacerme de mi ropa. Quiero tumbarme en el suelo y dejar que el frío se adueñe de mi piel. Quiero que mi mente deje de ser mi mente y se encierre en un cajón lejos, donde no pueda verla, ni oírla, ni verla. 


6 de marzo.

Me preguntas si estoy segura y respondo un sí rotundo. Tenemos el cielo azul bajo nuestros pies y una cámara en mano. Te fotografío mientras lías, mientras fumas, mientras hablas. Te fotografío de todas las maneras posibles y también nos fotografían mientras te fotografío. Vemos como atardece desde lo alto de la montaña, con los molinos a nuestra izquierda, viendo los colores de la tierra y hablando del veneno del gusano. Nieva y sale el sol al mismo tiempo. Es como en las películas, digo, y ríes, y todo está en paz. Vemos los pueblos desde las alturas y todo parece microscópico, entonces pienso en volar, en viajar lejos, y en sentir que soy más grande que todo el mundo que nos rodea. Entonces vuelvo a mirarte y entonces sí que entiendo todo.

Las flores interiores murieron.

Hace 18 horas.

Desaparezco poco a poco. Me da miedo cerrar los ojos por si despierto y me encuentro sola en toda esta casa llena de habitaciones de puertas cerradas y ya jamás encuentro la calma. Me siento lejos de casa aunque mi familia duerme al otro lado de la pared mientras yo escucho música en un idioma que no entiendo. Me aterra pensar que la vida pasa y que envejezco, que en otoño tocaré los veintitrés y eso significará que alguien dentro de poco acabará muriendo. Tengo miedo a abrir los ojos y ver que todo a mi alrededor ha cambiado, que nada queda de la infancia, que mi hermana dejó de acordarse de mí al comer mandarinas o que mis padres no recuerdan cómo reía al pronunciar la letra 'f'. Tengo miedo a que todo lo que tengo se desmorone, a que el cuerpo deje de funcionar o a que mi perro se quede ciego y no pueda ver el mundo nunca más. 
Tengo miedo, y no sé cómo dejar de tenerlo.

No necesito que nadie me salve.



Apenas tengo fuerzas como para mantener los ojos abiertos y mantenerme en pie. Pego un corazón de papel de burbujas en el cuaderno en el que escribo y escribo tres líneas después que apenas tienen sentido. No descanso ni aun queriendo hacerlo y me duermo en el coche de vuelta a casa después de 6h de estudio y ojos cansados. M. dice que todos tenemos problemas y yo me callo los míos porque no quiero mostrarme débil. Nada tiene ningún sentido y me siento dentro de un remolino en plena ebullición del que no sé cómo salir, pero no necesito que nadie me salve.

19 de febrero

Ahora ya no me pesan los ojos. Las horas de sueño han mejorado, descanso más aunque el cuerpo me sigue doliendo y como mejor aunque mi estómago sigue sin soportarlo. Escribo diariamente sobre la cotidianidad y me quedo callada cuando necesito estarlo. He superado la fase de negación con creces, he aceptado mis debilidades. Pero no me aterra, ya no. Abrazo mis inseguridades y le busco una cura a las dudas. Duermo con los ojos abiertos y ya no huyo de la oscuridad. 

Diario de una mañana lluviosa.

Tengo frío. La biblioteca está llena de gente con la mirada clavada en sus apuntes y yo me miro las manos, llenas de heridas a medio abrir y pieles muertas. "Las manchas parecen continentes", me digo, e intento creérmelo de veras. El frío está recorriendo cada centímetro de mi cuerpo mientras intento dejar la mente en blanco y centrarme, solamente, en los ejercicios financieros que no me dejarán dormir esta noche. Por un momento me siento esclava de esas cuatro paredes, de esos pasillos enormes llenos de historias que jamás sabré qué esconden y me siento pequeña y efímera por un segundo. Cojo mi abrigo, mi bufanda y salgo a la calle. "Mis continentes y yo necesitamos un descanso", me digo.

7 de febrero

Todo está clavado dentro, bajo esta piel de color café y este vello oscuro y largo. Todo está escondido bajo capas de piel, bajo las uñas, bajo el músculo y el tejido. La mente sigue firme durante el día y se quiebra durante la noche, cuando en mitad de la oscuridad y el silencio los demonios más confusos aúllan y esperan su turno, cuando acechan y atacan en el momento de debilidad. Y en cuestión de segundos toda la luz que había dentro se convierte en una oscuridad profunda, y con ella llegan las dudas, el miedo, las preguntas y las ganas de huir. – huir a mitad del bosque, donde no haya niebla ni oscuridad que nos impida ver el claro, donde las hojas de los árboles caigan sobre nuestras cabezas y lo único que se pueda respirar sea aire limpio – 


23 de enero.

Cuando dijeron que echaría en falta
no imaginaba esto,
no imaginaba buscar un olor,
una mirada de comprensión
o simplemente una risa histérica.
No pensé en que las paredes de la casa
serían solo eso, paredes,
ni que la cama estaría deshecha siempre.
No pensé,
nada,
ni un instante.
Y quise mentirme y decir
que todo esta bien,
una y otra vez,
hasta que realmente lo creyese.

Tengo un bloqueo creativo, un bloqueo que hace que mis extremidades sean de papel y todo resbale, que nada impregne. Hace tiempo que no leo porque las letras bailan y las palabras se me hacen impronunciables y las historias infumables.

— La regla viene y va pero apenas está y me preocupa. Mi cuerpo está dejando de ser mi cuerpo para convertirse en un cúmulo de órganos que funcionan mal y un cúmulo de tejidos y piel que los recubren. Mis huesos están débiles, mi mente está débil y mi piel empieza a parecerse a la de un reptil.


— Me he perdido todo lo que me rodea porque no soy capaz de salir a la calle y no sentirme culpable de abandonar mis pensamientos. El mundo en sí empieza a hastiarme, no me es suficiente, necesito más, algo que me ayude a salir de este bucle oscuro y constante. Necesito enseñar mi cuerpo, desnudarme ante todos esos desconocidos y que me vean vestida solo de piel, porque necesito asumir que mi cuerpo es mi cuerpo y que el cuerpo se estropea.



— Lo poco que escribo carece de sentido, por eso apenas lo hago, apenas me siento y cierro los ojos y escribo y no me fijo en la ortografía, ni en los signos de puntuación ni en si tiene coherencia o no, solo escribo cuando tengo algo que decir y dejo que mi mente fluya y mis dedos tecleen mientras mi habitación huele a té.



— ¿Mañana será mejor día?

diario 14 de noviembre

Sus manos rozan mi cuerpo y aprieta, fuerte. Llueve al otro lado del cristal y siento que mi cuerpo se estremece a la vez que el cielo relampaguea. De pronto, quiero crecer. Quiero dejar de ser niña y vivir mi juventud: mi piel tersa, mis pechos firmes, mis muslos fuertes y resistentes. Quiero salir y correr y correrme y hacer vibrar al mundo con mis saltos y mis gritos de libertad.
Llegará un momento en el que mi cuerpo no soporte su propio peso, un tiempo en el que mis rodillas se nieguen a seguir en pie, en el que mi piel empiece a caer y le salgan manchas de la edad. Llegará el momento en el que mi pelo deje de salir castaño para volverse blanquecino, y con él, también desaparecerá el vello de mis extremidades, mi útero no servirá.  

4 de noviembre


"La conocí ayer,
pero aún no he sido capaz de quitármela
de la cabeza."
José Manuél Lucía Megías.


La tentación en mis caderas. Sus ojos fijos en mis muslos, mi vientre, mis pechos. Su mirada fija en mí, en cada hueco de mi cuerpo, en cada curvatura, en cada caricia propia
No debió quererme nunca.
Sigo bailando, para él. Muevo mi cuerpo, la música suena de fondo, bajita, que él la escuche. Cierro los ojos y dejo que mi cuerpo se mueva. Sé que tiene los ojos fijos en mí, y me toco. Me toco los pechos y bajo la mano por el vientre, me toco el pubis. La luz roja acariciando mi cuerpo.
Quiero que me vea arder.
Imagino su rostro, sus dientes haciendo que su labio inferior sangre, de ganas de mí… 
Quiero que no dejes de mirarme. 
                 Mírame. 
                             Mírame.
                                            Es para ti...